«No es que sean religiosos y se fanaticen; son fanáticos y la religión es su coartada»

12.07.2017

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El filósofo Nicolas Grimaldi. Cortesía de Pasos Perdidos
Fuente: ABC

AIN.- Como un prólogo macabro, el terrorismo llamó a la puerta de François Hollande meses antes de ser presidente en 2012. Pese a que el radicalizado Mohamed Merah asaltó un colegio judío de Toulouse y mató a tres niños, cerrando una serie de asesinatos retransmitidos con una Go Pro, el entonces candidato socialista apenas se refirió al terrorismo en campaña. Más tarde, los casi 240 muertos en sus dos últimos años de mandato pesaron sobre él como una losa infinita. Y aunque hubo más, como paradoja, con el último atentado en los Campos Elíseos en la cuenta atrás de su mandato, Daesh no influyó en las elecciones como sí lo ha hecho en Reino Unido. El trauma de los atentados, que ha llevado a toda una generación a sospechar de las grandes multitudes, viene asociado al fanatismo de unos desbocados caballos de Dios, como el título de una película marroquí donde varios jóvenes, habitantes de chabolas, atentaron en Casablanca en uno de los peores ataques terroristas en Marruecos con 45 muertos.

El filósofo Nicolas Grimaldi (París, 1933), profesor emérito de la Universidad de la Sorbona, ha dedicado su último libro, «Los nuevos sonámbulos» (Editorial Pasos Perdidos), a reflexionar sobre las raíces del fanatismo y de los terroristas que asesinan en nombre de una idea como si fueran sonámbulos. La prensa francesa se debate sobre si el fenómeno de Daesh en Europa se debe a la islamización del radicalismo, sostenido por el islamólogo Olivier Roy, o a la radicalización del islam, defendido por su colega Gilles Kepel. «Para Roy, todo tiene que ver más con el nihilismo de la juventud, antes con las Brigadas Rojas en Italia, o la Facción del Ejército Rojo, en Alemania, y ahora con estas «brigadas verdes», dijo Kepel a este periódico en una entrevista el pasado diciembre. «Olivier Roy considera que la ideología no tiene ninguna importancia. No digo solo que sea únicamente la radicalización del islam, hay que tener en cuenta los factores sociales, pero él exonera el islam de todo. No se trata de criminalizar el islam, sino de ver que hay una guerra en el seno de la religión para lograr la hegemonía». En su libro, Grimaldi compara los fanatismos, va a su raíz en el hombre y sus apariciones en campos tan insospechados como el arte.

En su ensayo sostiene que el fanatismo ha existido y existirá siempre.

Estamos frente a un hecho sociológico muy banal y expandido. Hay que recordar el mes de junio de 1848 en Francia o en 1870-1871, años en los que se degüella al obispo por ser obispo. También, las Brigadas Rojas en los años de plomo en Italia o la Fracción del Ejército Rojo en los años 70. No eran musulmanes y la religión no aparece en esos hechos. Hay un problema sociológico o psicopatológico porque una parte de la humanidad no se reconoce en la otra. Para que el fanatismo se desarrolle hace falta una grieta que desgarre la sociedad entera. Su origen puede ser económico, cultural o psicológico. Pero no hay ninguna homogeneidad en esos fanáticos: no son todos musulmanes. Unos han sido creados en familias católicas, luteranas sin problemas y de repente sus compañeros reconocen en ellos un radicalismo. Nadie sabe qué ha pasado. Mi ensayo no intenta dilucidar el origen de esa grieta en la sociedad sino el muelle de cualquier fanatismo.

Insiste en que los fanáticos suprimen la realidad y actúan como si estuvieran ciegos.

Cualquier creencia consiste en tomar una ficción, un relato, algo novelesco, por algo real. Tomar una ficción por una realidad y luego considerar la realidad como un pequeño obstáculo para la realización de un sueño. Ocurre cada día. Este fenómeno es propio del sueño y también del juego. Cuando soñamos, toda la realidad se borra y es algo irreal que nos obsesiona y nos invade, parecido al juego, aunque este es deliberado y el sueño, involuntario. Lo que se observa en esos deportistas es como si su exigencia fuera el juego, como si su misma existencia fuera un sueño deliberado, mientras que el sueño es involuntario: me decido a jugar, me pongo a jugar.

«Todos podemos ser fanáticos»

Se dice que los fanáticos de Daesh tienen conocimientos precarios del islam. ¿Siempre ha sido así con otros fanatismos?

La Filosofía clásica ha pensado en general que la creencia era la consecuencia de un conocimiento precario, débil, como si se tratase de un tímido ante el conocimiento. Y me parece que es una equivocación. Lo mismo describió Ortega y Gasset en «El Espectador». Decía que los fanáticos eran aquellos que tomaban una creencia como algo más válido que cualquier evidencia. La creencia no sigue una timidez de conocimiento sino una arrogancia de la voluntad: creo porque me gusta creer, que cuando creo, creo lo que me gusta y lo que quiero creer. Siempre hemos pensado o creído que lo verdadero se impone por su misma naturaleza. Ahora bien, la experiencia nos pone en evidencia lo contrario. Por eso, en el ensayo recuerdo las discrepancias entre los pintores más famosos del S. XIX, y luego que esa discordancia terminó en el Dadaísmo.

¿También eran fanáticos los negacionistas del Holocausto?

Sí. Aunque hubiera 100.000 testimonios de víctimas de los campos de concentración, aunque los ejércitos rusos y americanos entraran en Alemania y grabaran lo que vieron, unos pocos no quieren creer y es un efecto de su voluntad. Les viene posible negar lo que saben, y aunque lo sepan no quieren creerlo. En el libro, evoco el atentado de Charlie Hebdo y me planteo que si esos jóvenes hubiesen buscado en Francia gente que les tuviera más simpatía y connivencia, no habrían podido encontrar a nadie como esos periodistas. Compartían ese militantismo contra el colonialismo y neocolonialismo, esa contracultura, etc. Eran sus «mejores amigos» y querían matarlos y los mataron. ¿Por qué? No quieren saber lo que saben. No quieren ver la realidad aunque actúen sobre ella. Se han hecho ciegos a la realidad. Están obsesionados por una idea. No es que sean religiosos y se hacen fanáticos, sino que son fanáticos y la religión les propone una coartada, algo para justificar su juego.

¿El fanatismo no tiene religión ni época?

Solo hay que mirar cuántos militantes se unieron al proyecto de Stalin para acabar con Trotski en México o la complicidad de un artista como (David Alfaro) Siqueiros. Tenemos que darnos cuenta de que es una patología social y sociológica. El fanatismo acompaña a la historia como su sombra, aunque la lucha de las clases sea siempre la misma. Cómo el otro pueda ser considerado como si no fuese un semejante, como si no fuéramos miembros de la misma sociedad. Cómo alguien experimenta eso.

¿Aceptaría matar a un grupo de personas para salvar a la sociedad?

Recuerdo que un filósofo judío del viejo Jerusalén me preguntó lo mismo. Le respondí que no: primero por razones morales y porque nunca en la historia las matanzas sirvieron para salvar a los demás. Se dice de manera muy vulgar que no se puede hacer una tortilla sin romper unos huevos, pero ¿cuántos huevos se han roto para la tortilla de la felicidad? No se trata de sacrificar a la humanidad para la salvación, sino por y para un sueño, para una quimera.

¿Todos podemos ser fanáticos?

Voy a recordar un pequeño dato del Mayo del 68: los alumnos querían prohibir entonces la enseñanza de Platón porque pensaban que Platón era desmovilizador. Voy a confesarle que los años que siguieron al 68, si hubiera estado en el poder, me habría gustado despedir al 20% de la gente de la Universidad porque me parecía que lo que perseguían era acabar con ella, hacían todo lo posible para destrozarla. De Gaulle, que no estaba dispuesto a que el Estado permitiera un levantamiento, se enfadó con Pompidou porque Pompidou no habría permitido una matanza: «A usted e le permitirá un fracaso, pero la historia no le tolerará una matanza», le dijo. Recuerde las persecuciones de la Iglesia en Francia, las de Felipe II en los Países Bajos, o en Francia las de Luis XIV contra los luteranos, los protestantes… fueron matanzas tremendas; no eran hombres. Todos podemos ser fanáticos si no estamos atentos, tenemos que estar en guardia siempre. Apenas hay una pequeña distancia entre cualquier juicio y el fanatismo. Cada uno está a punto de hacerse fanático en todo momento.

¿Hay vacuna?

Ese es el gran problema. No tengo respuesta para conseguir la vacuna. Se decía que la III República iba a terminar con el fanatismo mediante la enseñanza, puesto que la verdad nos hace a todos iguales. Para acabar con el fanatismo, en 1763 Voltaire escribió un tratado de la tolerancia y 30 años más tarde, un suspiro, los mismos discípulos de Voltaire fueron luego diputados en la Convención Nacional (Revolución Francesa), donde estaba Robespierre, y votaron la Ley de los Sospechosos (pedía la detención de todos los enemigos de la Revolución), que hizo de la intolerancia una virtud cínica. La vacuna contra el fanatismo sería el compromiso. La verdad en sí misma es intolerante. La Revolución Francesa tenía que acabar con el fanatismo y fue el origen del nuevo fanatismo, el terror. Lo mismo que con todas las revoluciones.

En campaña, muchos vaticinaban el final de la V República. ¿Qué ha supuesto la V República? ¿Veremos pronto su final?

La V República empezó en 1958 con una constitución parlamentaria y se reformó en 1962 para que al presidente, elegido por el pueblo entero, se le proporcionen poderes que ningún rey se hubiera atrevido a tener. Lo que caracteriza a la V República es un imperativo, no le preocupa tanto el consenso, sino que el Gobierno pueda gobernar. Es una democracia muy antidemocrática para que el gobierno acabe con la precariedad y los pequeños problemas ministeriales, cuando un Gobierno podía durar apenas unos meses. ¿La voz del pueblo será el terror o la voz de los diputados será el negocio? Como ciudadano no pido que se gobierne, espero ser administrado bien. Quisiera una administración fuerte y un Gobierno débil. Dicho esto, me parece que nos dirigimos hacia otra constitución.