El niño enfermo que acabó convertido en sheik sufí

22.08.2021

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El niño enfermo que acabó convertido en sheik sufí
Fuente: Abdul Wakil Cicco

AIN.- Quién apostaría algo por este niño de seis meses sin pelo y sin cejas llamado Ernesto Ocampo, víctima de un eczema al que había que atar a la cuna para que no se rascara y se pelara la piel como una fruta. Quién vaticinaría algo de grandeza, en un chico así, de Ituzaingó, que luego de curarse del eczema con inyecciones terminó derivando en un asma hasta los 35, y que de tan enfermo y tan frágil al pobre, los padres –mamá, de Granada, ama de casa, papá santafecino, marino de guerra- desistieron de mandarlo a escuela primaria y convocaron a tutores como a Borges para que estudie en la casa. Tan encerrado y tan solo Ernesto, que escuchaba radionovelas, y leía y leía libros de Salgari, Verne, Kipling y las historias de Tarzán con tal de salir de allí al menos, en alas de la fantasía ajena. Tenía un vecino con el que jugaba a los superhéroes –al vecino siempre le endilgaba los papeles de villano-, y ése era su único amigo. La soledad y la falta de contacto le dispararon tanto la imaginación que una vez, a los cinco, jugaba con tanto realismo a una expedición por el África que hasta estuvo almacenando arroz, garbanzos y lentejas porque, para él, era cuestión de días hasta que partiera su avión. “Como verás, era un niño fantasioso. Probablemente, lo siga siendo”, Ocampo, 83 años, guiña el ojo y se ríe una risa de niño viejo. “Mirá si seré fantasioso que ahora hasta me creo sheik”.

“El Baba Ocampo trabaja como un verdadero sheik sin que le importe el qué dirán. Recibe a los derviches en cualquier tipo de condiciones. He visto derviches desastrosos y los recibió. Se habían ido a las patadas. Y el volvió a recibirlos. Salvo indicación de su maestro Tozun Baba, jamás echó a nadie. El sheik está permantemente expuesto y confronta con el ego del derviche. Somos occidentales y esto es terriblemente difícil de entender. No entendeos ni la obediencia ni la paciencia. Un derviche para empezar de movida en este camino tiene que ser obediente y ser paciente. Si no, ¿cómo hace? “¿Pero qué busca: que lo quieran todos? –le dijo una vez el maestro Tozun Baba-. “Usted se tiene que hacer odiar”.

Tozun baba decía. Y el Baba repetía:

-Soy amigo de tu amigo. Y enemigo de tu enemigo. El amigo es el alma. Y para el sheik, el enemigo es tu ego. En una orden sufi bien guiada las cosas son así”.

(Yahia Belda, jalifa del Baba Ocampo)

Salió al mundo Ocampo recién en la escuela secundaria, lleno de miedo. Miedo a los profesores. Miedo a los compañeros. Miedo a las compañeras. Miedo a la calle. Miedo a la vereda. Los primeros dos años se llevó todas las materias. Era el raro del curso. Al tercer año, se normalizó: se llevó una. Y luego, nada.

A pedido de su mamá, estudió ciencias económicas en la UBA y se recibió, a pesar de que no le gustaba nada, en 1968. Trabajó toda su vida como asesor impositivo de pequeñas y medianas empresas. Llegó a tener más de 50 clientes. Dio clases de contabilidad y derecho comercial en el secundario en Ituzaingó, una experiencia que Ocampo sintetiza en cinco palabras: “Los cagaba bien a pedos”.

En 1969, conoció en un viaje en tren a María del Carmen, su esposa. Se hicieron ojitos, se bajaron juntos en Once. Intercambiaron teléfonos. Dos años más tarde, se casaron. Para subsistir, mientras él terminaba la carrera –sólo había rendido siete materias-, ella montó una peluquería en la casa. Tuvieron dos hijas. Cinco nietos. Y cuatro bisnietos. “Por los daños ocasionados”, dice él. “Siempre pensé en hacerle juicio a Ferrocarriles Argentinos”.

Cuando Ocampo tenía 41, murió su abuela materna: Ascención. Ella había venido de Granada con su hija de 11–es decir la madre de Ocampo-. La abuela Ascención era analfabeta pero creyente. Era creyente tan convencida que no creía: veía. Él no era nada de eso. Había militado en el Partido Comunista –se afilió en 1958, duró dos años-. “Me defraudó la política de la unión soviética”. Pero seguía siendo un descreído. Lo espiritual, ni fu ni fa. Pero la abuela Ascención, en su hora final, convocó a la familia junto a la cama, les pidió que rezaran, y murió con una muerte triunfal, entregada, extática. Ella, postrada hacía un tiempo, se inclinó, estiró los brazos y dijo:

-Hijo, llévame.

Volvió a acostarse y murió. Tenía 79 años. “Yo quería mucho a mi abuela. Para mí era todo. Su muerte me afectó tan profundamente que, al día siguiente, empecé mi búsqueda espiritual”.

Lo que sigue, de aquí en adelante, es la vida de otro hombre. Fue ese, su verdadero eczema. En Ocampo algo se rasgó y emergió, piel adentro, un personaje diametralmente opuesto. Se hizo un buscador. Se haría, más tarde, sheik.

No perdió tiempo: estudió unos años profesorado de yoga. Estudió hinduismo. Durante dos años y medio, se hizo masón –recibió iniciación en el templo de Buenos Aires-. “Me fui porque las tenidas (reuniones) eran un rejunte de individuos que sólo hablaban de cosas de este mundo, en especial de política y negocios. O sea que no encontré nada parecido a un camino espiritual auténtico”.

Gracias al dueño chino de una relojería en Belgrano al que le llevaba la contabilidad, se hizo taoísta. Mes más, mes menos, estuvo un año. “Me enteré que no era una rama auténtica del taoísmo, ya que mezclaba muchos conceptos taoístas, budistas y cristianos. Tampoco hallé lo que buscaba. Al final, me enteré que mi amigo relojero era jefe de la mafia china”.

En la carrera de yoga, Ocampo conoció a alguien conectado al Cuarto Camino, el grupo del esotérico ruso Gurdjieff. Lo fascinó. Se sumó a un grupo dirigido por un representante de máquínas agrícolas alemanas. Se lamaba Carlos Machelajovic, y era esposo de la secretaria de Ouspensky, discípulo number one de Gurdieff.

Lo siguió cuatro años. Se reunían en un depto de la calle Charcas al 5000 –aún siguen ahí-. Aprendió danzas sagradas –Carlos tocaba el piano-, el eneagrama, el rayo de la creación, la observación de uno mismo. “Enterarme, como decía Gurjieff, que el hombre es una máquina y no tiene voluntad, revolucionó mi vida”, dice Ocampo. “Lo pude constatar en mí mismo. Yo también, en esa época, era un hombre máquina”. Los domingos había retiros en una quinta en Marcos Paz: 20 personas cortando leña, plantando árboles, y escuchando las charlas de Machelajovic regadas de tecito.

Dejó el grupo cuando conoció a un erudito que se adjudicaba ser sheik sufí y lo introdujo a la obra de René Guenon, capo del esoterismo sin tiempo, convertido desde los 25 años, al islam. Comandaba un grupo pequeño de cinco personas en Corrientes y Serrano. Las lecturas de Guenon eran notables pero, para Ocampo, algo olía mal. “El tipo decía recibir llamadas de sheiks reconocidos del exterior, pero luego me dí cuenta que era todo fingido”, recuerda. “Era un farsante. Cuando me quise ir, me tuvo amenazado de muerte. Luego, se le pasó. Por supuesto, no volví más”.

“Los primeros años, le preguntaba al Baba de todo. Una vez, fui a la oficina contable del Baba en Ramos Mejía. Estaba preocupada porque había leído que en el Corán se permitía golpear a las mujeres. Una cosa es lo que uno puede interpretar, ¡pero eso estaba escrito!. Baba no me dijo que era una cuestión de traducción del español. Sólo me dijo: ‘Observá a tus hermanos. ¿Ves que algún marido entre los derviches, le pega a su mujer? ¿O fomentamos eso?’ Y las chicas derviches, eran profesionales. O estudiaban. Trabajaban. Tenían hijos. Pero no se las veía con esa problemática. Y los varones eran una dulzura. “más adelante vos vas a poder acceder en eso niveles de lectura”, me dijo.

El Baba está pendiente de todo. De un vistazo en una reunión sabe quién está y quién no. Y se preocupa. A veces nos toma desprevenidos. ¿Por qué fulano no estuvo? Se ocupa de que el que necesita trabajo, se le consiga. El que tiene problema de salud, cómo ayudarlo. Si le decís que necesitas hablar algo, nunca te va a decir no tengo tiempo. invita a los derviches a su casa. Siempre tiene un café dispuesto. No es un sheik inalcanzable. Al contrario”

(Naima Chocon, sufí yerrahi).

Más o menos por la época de ruptura con el sheik estafador y amenazante, Ocampo tuvo otra epifanía tan fuerte como la partida de su abuelita Ascención: escuchó en pleno Buenos Aires, el llamado a la oración, mientras pasaba a pocos metros de una mezquita. “Cuando era chico, en un radioteatro pasaban el llamado a la oración como cortina del programa. Escucharlo, después de tanto tiempo, y comprender de dónde venía, me fulminó”. Ocampo ingresó, como pudo, a la mezquita. Le dieron un vaso de agua. Y pañuelitos porque no paraba de llorar. Entonces lo supo: ese llamado, era a su corazón.

Se hizo musulmán con un grupo en la calle Rojas, en Caballito, liderados por un erudito que tradujo textos clave del camino, en tiempos donde en español no había nada de nada. Se llama Mahmud Hussein. Ocampo estaba tan convencido que llevó a su esposa, a su hija mayor y a su yerno. Todos, en un mismo acto, se islamizaron.

A los dos años, Hussein le ordenó un retiro de silencio y soledad durante cinco noches, en una habitación al fondo, en el barrio de Flores. Una experiencia radical plagada de pruebas y visiones. “En ese retiro ví al Profeta Muhammad. Me dijo cuándo iba a morir. Y dónde me iba a esperar. Como te podrás imaginar, eso me impactó mucho”.

Mahmud Hussein ya le había anticipado que podía ver al Profeta. De hecho, hasta le encargó que, en su nombre, le preguntara algo. “Pero, claro, como el Profeta no me habló de él, Mahmud se enojó mucho conmigo. Al final, me alejé del grupo y me volví a quedar solo”.

Ocampo empezó a buscar una orden sufí auténtica. Es decir, con silsila: una cadena veraz de maestros que se remontan al Profeta. En los ’90, conoció, en una visita a Buenos Aires a Orhan Haedo, representante en Norteamérica de la orden sufí yerrahi. Orhan era argentino y había triunfado en Estados Unidos con una empresa de limpieza de grandes edificios.

Orhan le cayó bien. Y tras ese encuentro, se ocupó de traer a la Argentina a su maestro: el irrepetible Tozun Baba, un hombre que había sido reconocido artista, galaronado por la Gugenheim, precursor del shock art, hasta que se desprendió de todo y se volvió sufi. Un sheik que, por un lado era generoso sin límites y por otro, era un maestro que con una sola mirada furibunda provocaba un tembladeral. Se decía, incluso, que una vez miró un cenicero. Y el cenicero, bum: voló en mil pedazos.

“Lo conocí en la primera dergah en Boedo. Por entonces, sus charlas duraban hasta las dos de la mañana. Hasta que su esposa y un discípulo antiguo le dijeron que las redujera. A medida que pasa el tiempo, el Baba se va sintentizando. Quita todo lo argumental. Y va al hueso.

La intensidad de su búsqueda, es lo que más me conmueve. Estuvo en todos los grupos. Conoció todos los caminos que circularon en la ciudad. Conoce de todo. Lo experimentó todo. Y aún así sigue buscando a pesar de su edad. Hace pocos años, por ejemplo, viajó a Anatolia a conocer a un sheik. Muy rápido percibe lo que hay, toma, lo descarta y sigue. Tiene una sed asombrosa. Eso hace que yo nunca pueda soltarlo. Las veces que dije voy a hacer las cosas yo sola, no me fue bien. Me convierto en un flan”.

(Bashira Otero, sufí yerrahi)

En su primera visita a la Argentina –estaría volviendo regularmente durante años-, Tozun Baba paró en casa de Ocampo en Ituzaingó y a él le sucedió el hechizo ancestral y enigmático de todo sufí con su maestro: Ocampo se enamoró. La visita fue mágica, memorable, multirudinaria con derviches entrando y saliendo de la casa, imantados, planetas y satélites orbitando al sol. Excepto en una comida donde envuelta en servilleta, por poco, la esposa de Ocampo le arroja a Tozun Baba la dentadura postiza al cesto. “Mis dientes”, imploró, “mis dientes”. Y los dientes milagrosamente aparecieron y Tozun Baba volvió a reír.

En breve, la antigua casa de Ocampo se convirtió en dergah –el primer punto de reunión de los yerrahis en Argentina-. Y Ocampo, el contador, el niño que no podía rascarse porque era una carnicería, el chico que se enamoró de su señora en el tren, y que había visto morir teatralmente a su abuelita, se transformó en Baba Abd Al Qadir Ocampo, nuevo sheik y representante de la orden sufí y yerrahi en el país. “Tuve un sueño significativo y a partir de ahí, me nombraron a cargo del grupo de Argentina”, dice.

Invitados por los líderes de la orden, viajó a Turquia. Y visitaron la casa de Tozun Baba. Como símbolo de la orden, debía traer a la Argentina pieles de cordero para la nueva dergah: representan las almas de los sufís presentes en la reunión. Le iban a entregar las pieles ante 200 sufis. Antes, le advirtieron: “Mire que salen 600 dólares”. “Mi señora me dice: ‘ni loca, los pago’. ‘¿Vamos a hacer un papelón ante 200 personas?’, le dije. Así que mi señora fue al baño. Se sacó la plata de la ropa interior donde la guardaba y se la dimos al jefe de la orden. Él la tomó con una mano, luego se la puso en la otra y dijo: ‘Allah quita con una mano y devuelve con la otra’. Y me los devolvió. Era una prueba”.

“Baba es un guerrero interno. Todo lo que está a su alrededor o se transforma o sale eyectado. Baba conoce el amor de verdad. Eso se ve rápidamente. Y al mismo tiempo, para el ego, puede ser la persona más desagradable que puedas conocer en la vida. No te va dejar que seas como un almohadón del dergah. Ni que pierdas el tiempo. Ni que el sufismo sea un hobbie intelectual. Él, no importa la edad, nunca le va a aflojar a la posibilidad de evoluciones. Se da cuenta de qué anda torcido en vos, y actúa.”.

(Muslim Sanabria, sucesor del Baba Ocampo)

En una ceremonia en 1998, le entregaron el turbante de sheik y luego le enviaron certificado oficial de la orden. Se suponía que, desde entonces, como todos los sheiks yerrahis, Ocampo debía interpretar sueños de los discípulos –práctica frecuente en la orden-. “Pero yo no sé nada de eso”, se justificó el flamante Baba en la ceremonia. “No se preocupe”, le dijo Tozun Baba. “Con el turbante viene el poder de interpretar sueños”. Parecía chiste: no lo fue. “No sé si los interpreto como el culo”, el Baba ríe. “Pero que me fluye, me fluye”.

De la casa en Ituzaingó, mudaron la dergah a una vieja fábrica de mates sobre la calle 24 de noviembre –la compró él-. Su esposa, María del Carmen no sólo se ocupó del diseño, además a diario, trabajaba a la par de los obreros.

Unos 20 sufis se juntaron allí durante seis años. Hasta que les quedó chica. Y se instalaron en el 2005 en el Pasaje El sereno, donde siguen unos 70 derviches reuniéndose al día de hoy. El Baba Ocampo, pipa en boca, y turbante a mano, interpreta sueños, aconseja sufís y dirige la ceremonia grupal, danzante, musical, movilizadora de recuerdo de Dios.

A fines de los ’90, peregrinó a Meca con Tozun Baba. Rezó cerca suyo, a sus espaldas, y lo veía a cada movimiento estremecerse de temor reverencial. “Era impresionante verlo rezar. A Tozun Baba le temblaba todo el cuerpo, como un escalofrío”.

“Nos conocimos de los tiempos del grupo de Mahmud Hussein. Cuando se enteró que me fui yo también me llamó. Porque quería aprender conmigo árabe. Porque él ya había sido designado sheik y estaba a cargo de gente que sabía mucho de islam y algunos habían estudiado en Medina. Y a él le incomodaba esta cuestión. Fui a su casa varias veces. Pero no duró mucho. No tiene paciencia con el idioma. Sin embargo, lo más destacable es su voluntad ferrea. Puede arrastar un montón de otras voluntades. Eso es una cualidad muy importante. Más improtante que el conociento cuando se trata d edirigr un grupo. El conocimiento alguien puede sabe rmucho pero manejar un grupo requiere de fuerza y determinacón y carisma especial. Y el Baba lo tiene.

(Hasan Bize, iman de la orden sufí yerrahi)

Diariamente, Tozun Baba se despertaba antes del amanecer para la primera oración de la mañana. Luego, se tomaba un jugo de naranja, se fumaba un cigarrilo. Y luego volvía a dormir. Un día de febrero del 2018, despertó al amenacer. Rezó la oración de la madrugada. Se bebió el jugo de naranja. Y con el encendedor en la mano, sentado, en un salto casi imperceptible, Tozun Baba murió.

“Tozun Baba era un sheik enorme y de sabiduría enorme. Cuando lo visité en su casa todos los días había gente que le traía regalos. Era muy querido. Para mí fue, como un padre. Un dia me dijio: ‘Tenga cuidado porque las tariqas se deshacen por dos problemas: los sexuales y los de dinero. Asì que siempre lo tuve muy presente”.

Y así, el Baba Ocampo, en todo este tiempo sobrevivió a dos embolias pulmonares, se convirtió en bisabuelo, y vio pasar a cientos y cientos de sufís. Los aconsejó. Los cuidó. Los pinchó. Algunos los partir dando portazos llamándolo el mismísimo diablo. Otros lo aman sin medida.

“No trato de convencer a nadie. A esta altura del partido, no sirve convencer. La persona se tiene que convencer por sí misma. El sufismo convierte a un proyecto de hombre en hombre verdadero. Y a un proyecto de mujer en mujer verdadera. Las personas que no tiene camino espiritual mueren como proyectos. Son obras inacabadas”. Dice que le queda mucho por vivir. Y mucho por aprender. En aquel sueño veraz, el Profeta le dijo exactamente en qué año iba a morir. Pero él no lo cuenta. Se lo guarda. “Te voy a decir algo: me gustaría morir charlando con los derviches”.

“Baba no es vueltero. En seguida, sabe leer a las pesonas. En términos psicológicos. Individual y colectivamente, tiene manejo de grupo. Sin manipulación. Le ví todas las facetas al Baba, pero siempre ha primado la misericordia. Entiende que somos personas que nos mandamos mocos. Merecemos que nos metan una patada en el traste. Sin embargo, perdona. A veces, pensás que no te está viendo, pero te ve. Se da cuenta sin que le digas nada. Con tu sola expresión. Los sheiks son personas muy intuitivas. Ya es un milagro que un hombre en Argentina se haga musulmán. Y que eso le llegue casi a los 50 años como al Baba. Y que luego se transforme en shiek de una gran orden. Toda esa conjunción de cosas, lo ponen en un lugar donde me siento privleigada de conocerlo. Si mirás su infancia, niño enfermo y mimado, y esta vida de ahora, era un final inesperado en su película. Eso lo hace único”.

(Mariam Bertolini, sufí yerrahi)